Domingo

Ayer domingo estuve en la playa. Había postergado el viaje tres semanas y ya no tenia excusa…además sentía que necesitaba alejarme un poco de la ciudad y compartir en familia. .
Llegamos a las ocho de la mañana, nos instalamos en un hotel frente al mar, desde el ventanal miraba llegar las pequeñas embarcaciones de los pescadores, las personas entre turistas, lugareños y capitalinos se aglomeraban para comprar pescados frescos.
No resistí, me dirigí hacia la costa a observar de cerca a esos hombres y niños curtidos por el sol, descalzos, con sus pantalones a media pierna, con sus pechos desnudos, limpiando, empacando en bolsas de plásticos aquellos pescados e intercambiándolos por dinero. Luego decidí caminar hasta el estero, a dos o tres kilómetros del lugar donde me encontraba…
Y estaba allí. Caminando con mis pies descalzos, sintiendo el calor y el roce de la arena en las plantas. El mar se miraba hermoso, salvaje, impetuoso y hasta un poco amenazante. El viento alborotaba mi cabello y seguí caminando sintiendo los rayos del sol sobre mi rostro…era una sensación agradable. Me sentí en total libertad de cuerpo, alma y mente, y empecé a correr con los brazos extendidos hacia la…no sé, solo sé que corría y corría sin parar.
Cuando logre divisar el estero dejé de correr, me senté frente al mar, a ese mar que me es tan misterioso, que causa en mí una especie de temor y a la vez me atrae al punto que puedo pasar horas observándole. Estaba extenuada, sudada, con sed, los labios resecos, la respiración entrecortada, pero feliz. Deje caer mi espalda semidesnuda en la arena y me quede observando fijamente el cielo, estaba precioso, despejado, inmenso…y recordé una pesadilla que había tenido dos o tres noches atrás, una pesadilla que hizo que mi corazón se estremeciera de angustia…sonreí, y sonreí porque no fue más que eso…una pesadilla.
Así echada en la arena sintiendo que estaba en el paraíso, sintiéndome aislada, solamente con el sonido del mar, con el calor del sol en mi piel, con los pies acariciando la agradable y fina arena, vino a mi mente el fragmento de un poema de Neruda que me transporta...
Por las montañas vas como viene la brisa
o la corriente brusca que baja de la nieve
o bien tu cabellera palpitante confirma
los altos ornamentos del sol en la espesura.
Toda la luz de cáucaso cae sobre tu cuerpo
como en una pequeña vasija interminable
en que el agua se cambia de vestido y de canto
a cada movimiento transparente del rió.
Me pongo de pie, respiro, tomo una pequeña concha de mar que guardo en el bolsillo de mi pantalón corto…y regreso al lugar de partida sin lograr llegar a mi destino…el estero.
Fue un excelente domingo, disfrutando de sol, agua, brisa, arena, frutas, de la familia y para ser honesta también disfruté de un chico morenito que se paseaba por la costa mostrando un par de piernas que se notaba estaban en forma, pero…estaba acompañado ¡Ja! L
Ya de regreso, en el auto vino a mí la canción de Serrat, dedicada a Machado que en una parte dice así:
Caminante son tus huellas
el camino y nada más;
caminante no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estela en la mar…
“He sabido amar en silencio, dibujar una sonrisa y no parar el tiempo aun en los momentos de tristeza” Abril








lucerodelalba dijo
Es bueno de vez en cuando poder disfrutar de un dia y un paisaje tan hermoso como elque tu disrutaste ayer , y una pena que el morenazo estuviera acompañado jeje :) besos guapa.
28 Abril 2008 | 11:26 AM