Rosa negra
Entro a su habitación silenciosamente. Estoy jadeando, pero mi mente se asegura de que no siga soltando ningún sonido. Espero encontrarla dormida; mis ojos se posan de un extremo a otro de su habitación, dándome cuenta que todo está en su lugar.
Todas las noches de luna llena repito el ritual de depositar una rosa negra en su pecho. Pero esta noche estoy ataviada con un vestido púrpura, una rosa negra en mi mano derecha y un puñal en la izquierda. Me deslizo como pantera buscando atrapar a mi presa.
Lo que haré esta noche es monstruoso, pero debo hacerlo. Debo dejar caer la daga que llevo en mi mano izquierda en ese cuerpo amado, en ese cuerpo que en noches de luna llena he depositado esa rosa negra.
Me acerco a ella, cuidando no despierte. La observo; yace tendida como una guerrera. Sus manos surcadas por mil batallas yacen en su pecho casi como un escudo, como presintiendo lo que pasara en él. Observo sus labios en los que aún asoma su sonrisa irónica e hiriente. Su respiración tranquila, sosegada. La observo y me embarga la duda; el maldito sentimiento quiere ganarme, pero no, no puedo vacilar.
En ese momento siento su aroma. Siento su piel en mi piel. Siento sus labios en los míos, recuerdo sus ojos claros y dulces. Observo su cama y no hago más que pensar que en ella reposa esa niña, que detrás de ese rostro dulce y bello casi como el de un ángel, se encuentra el ser más despreciable y lleno de infamia por dentro. ¿Cuántos príncipes sucumbieron en su poder, presas de la pasión y la locura? No, no puedo vacilar. Debo parar a esa bestia.
Solté la rosa negra dejándola caer en el piso y para estar segura que quedaría destruida la pise con rabia, la pise con amor, la pise con decisión. Con mis dos manos tomé con fuerza el puñal y sintiendo el dolor en mi propio pecho lo asesté en su corazón. Ella sonrió, casi con una sonrisa de ángel y me dijo: “Hiciste lo que tenías que hacer”
La sangre salió de su pecho para cubrirnos a ambas. Me alejé porque no podía verle morir. Corrí por varias horas por los bosques y praderas envuelta en la oscuridad. Cansada llegué a un árbol, que me esperaba impaciente, para preguntarme: ¿Lograste matar el lado oscuro de tu alma? Asentí…Si, sólo estoy yo, con mis manos teñidas de sangre después de haber juzgado, condenado y ejecutado esa parte de mí que tanto dolor me causaba y causaba a los demás.
El árbol me cubrió con sus raíces viejas, fuertes, cansadas y me dijo: Acabás de nacer






poinmasia dijo
Bueno, pues nada, ya todo terminó. Saludemos a la NUEVA Abril-ale. Ale, de alegría, ¿no? Y aquel árbol, ¿por qué aquel árbol?, ¿no pasaste entre-medio por algún maravilloso y transparente lago donde bañarte y refrescarte del fragor de la batalla? Un abrazo en esta mañana, para mi, de un sábado caluroso.
21 Junio 2008 | 07:29 AM