Abelardo y Eloísa

Ese sentimiento tan bello como es el amor no siempre nos procura felicidad. Unas veces por no somos correspondidos, muchas otras porque se confunde ese sentimiento con otro que no es amor y otras porque las personas se toman el derecho para opinar si ese amor conviene o no, llegando a conspirar para que ese amor no llegue a realizarse.
Los amores infelices siempre han existido, siempre hubo, hay y habrá quien sufra por amor. Es el caso de la historia ocurrida en
Un joven teólogo francés del siglo doce, profesor de la catedral de Notre Dame, en París. Fue contratado para dar clases privadas a Eloísa, joven como pocas de su época en que las mujeres no iban a la escuela, a su corta edad sabía teología, filosofía, latín, griego y hebreo.
Los dos jóvenes se enamoraron, el tío de Eloísa tenía planeado casarla con un aristócrata. Los jóvenes huyeron a Bretaña, se casaron y tuvieron un hijo. El tío de Eloísa no perdonó a Abelardo, acusándolo de haber seducido a su sobrina. En venganza, el canónigo pagó a un grupo de matones. Llegaron a casa de Abelardo y mientras dormía, lo castraron con un cuchillo.
Abelardo comenzó se sumió en una gran depresión. Eloísa, protestaba ante el mundo y ante Dios; no podía creer la terrible mutilación de su amado y día a día le reiteraba su amor. Abelardo, tomó la decisión de ingresar a un monasterio, su bella mujer se negaba a aceptarlo, pero aún así el decidió que no tenía sentido seguir al lado de ella.
Así comenzó la bella historia de Abelardo y Eloísa. Ella ingreso a un convento y se hizo monja, pero jamás dejó de amar a Abelardo. Nunca perdonó a su tío, por el acto cruel hacia su amado y haberle arrebatado la felicidad. Abelardo llegó a afirmar que su tragedia era castigo divino por haber pecado con Eloísa. Contrariamente, Eloísa se rebeló contra el mundo y su angustia crecía. En sus cartas expresa la tristeza de una mujer angustiada hasta su muerte. Eloísa monja y abadesa de su convento murió sin haberse resignado nunca a vivir sin su amor.
Actualmente sus restos reposan juntos en el cementerio Perè Lachaise de París.
Fragmentos de cartas.
De Eloísa a Abelardo:
Te agradezco tus frecuentes cartas, pues es la única manera de hacerme sentir tu presencia. Siempre que las recibo tengo el íntimo sentimiento de que estamos juntos.”
Tu sabes amado mío – y todos saben también – lo mucho que he perdido al perderte a ti. Y cómo la mala fortuna – valiéndose de la mayor y por todos conocida traición – me robó mi mismo ser al hurtarme de ti.
El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz. Tan convencida estaba que cuanto más me humillara por ti, más grata sería a tus ojos y también causaría menos daño al brillo de tu gloria.
Dios me es testigo de que, si Augusto – emperador del mundo entero – quisiera honrarme con el matrimonio y me diera la posesión de por vida, de toda la tierra, sería para mí mas honroso y preferiría ser llamada tu ramera, que su emperatriz.
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Carta de Eloísa a Abelardo:
Mi bien amado, el azar acaba de hacer poner entre mis manos la carta de consuelo que escribiste a un amigo. Reconocí enseguida, por la letra, que era tuya. Me lancé sobre ella y la devoré con todo el ardor de mi ternura, puesto que he perdido la presencia corporal de aquel que la había escrito, al menos las palabras reanimarían un poco su imagen, en mi.
Y los recuerdos han vuelto a mí: esta carta, en cada línea, me abruma de hiel y de amargura, trazando la historia lamentable de nuestra conversión y los tormentos a los que sin cesar has sido sometido, tu, mi único.
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Carta de Abelardo a Eloísa:
Si tú me amas verdaderamente, comprenderás mi preocupación. Aún más, si tú alimentas una esperanza sincera en la misericordia divina hacia mí, desearías más ardientemente aún verme liberado de las tristezas de esta vida, que son intolerables.
Tú no ignoras: aquel que me libre de esta existencia me salvará de peores tormentos. No sé que penas me aguardan después de la muerte, pero conozco muy bien a que escaparé muriendo. El fin de una vida desgraciada es siempre dulce. Quien comparte verdaderamente la angustia del otro y participa en su corazón de ella, desea que llegue a su fin.
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cupido dijo
Estoy de acuerdo con tigo,muchos son los que sufren,sufrieron y sufriran,por el sentimiento mas maravilloso que existe.Preciosa historia.El amor es cosa de dos y la fuerza del querer es lo que unen a las almas.Besos
1 Septiembre 2008 | 10:35 AM