Uno de tantos casos...
Las enfermeras trataron de convencerla de que tal vez se trataba de algún postre, gelatina, o un refresco, algo con tinte rojo que había ingerido durante el desayuno. Pero cuando vio sus manchas de sangre y vómitos esparcidas en el piso --por fracciones de segundo mientras sufría un nuevo ataque de nervios-- Catherine Hernández García se convenció de que su cuadro de leucemia linfoblástica aguda, finalmente le había ganado la batalla.
El ardor y las punzadas en el estómago la obligaban a tumbarse de un lado a otro, lanzando patadas y gritos, ya sin fuerzas para contener las lágrimas por la desesperación. "¡Calmate! ¡Calmate!", le repetía su madre, abrazándola mientras Catherine sentía desvanecerse.
El colegio, los compañeros, sus hermanos aguardándola en casa, su vida. Todas las imágenes venían y se iban mientras las enfermeras hacían otro intento por dominar su crisis de nervios en una habitación del Hospital La Mascota. ¿Morir a los 15 años, postrada en una camilla?
"Recuerdo que ese día llegó el doctor inmediatamente, y mandó a mi mamá a comprar unas inyecciones para controlarme el vómito.
Pero ese momento fue terrible, sentir que me iba a caer y que ya no iba a saber nada. Sentía que me desmayaba, y sólo me pasaba la palabra ‘muerte' por la cabeza", relata Catherine con mirada taciturna. "Pero aquí sigo", sonríe volviendo en sí.
Su drama comenzó el 26 de noviembre de 2003, apenas cuatro días antes de cumplir sus quince años. Un médico en Managua le confirmó a ella y sus padres, las malas noticias que le habían anunciado en Matagalpa, de donde son originarios: Si Catherine quería seguir viviendo, su única opción era la quimioterapia.
"Llegó mi turno"
En Nicaragua, el único centro capacitado para atender su enfermedad sin costo era el Hospital Infantil "Manuel de Jesús Rivera, La Mascota", ubicado en el barrio La Fuente, en Managua.
"Yo dije: Llegó mi turno. Porque a todo mundo le llega algún día su turno. Y pensé que el mío era éste", cuenta la joven, quien ahora tiene 19 años.
Durante el primer año de tratamiento, Catherine pudo controlar el avance de su afección, con inyecciones intravenosas que en cuestión de días empezaron a afectarle su apariencia, y su estado de ánimo.
A veces, al despertar por las mañanas, encontraba sobre su almohada mechones de su cabello negro liso.
"Tenía que soportar la burla de la gente. Yo perdí como 20 libras. Después el tratamiento hizo que me inflamara completamente. También se me cayó todo el cabello, y me volvía a crecer, y se me caía de nuevo, y así", comenta.
"Mi padre, cuando tenía ganas de llorar, se iba. Pero mi mamá, siempre que me miraba mal, por los efectos del tratamiento, siempre estaba allí, tratando de ser fuerte", comparte Catherine con EL NUEVO DIARIO.
Lo costoso del tratamiento
En el segundo año, poco a poco las inyecciones fueron sustituidas por pastillas. De acuerdo con las autoridades del Hospital "La Mascota", un tratamiento de quimioterapia como el aplicado a la adolescente matagalpina, alcanza fácilmente los 5 mil dólares por año.
"Pero esa cantidad, sólo por la quimioterapia. Porque hay gastos que no se incluyen, como el pago de los médicos, la atención en las camillas, las transfusiones de líquidos, la hospitalización", enumera el doctor Luís Fulgencio Báez Lacayo, jefe del Departamento de Hemato-Oncología Pediátrica del hospital. La leucemia linfoblástica aguda que sufrió Catherine, le provocaba una inmaduración de los glóbulos blancos en la sangre, de manera que su organismo no podía cumplir la función de autodefensa ante cualquier afección.
"Cualquier cosita, alguna gripe, alguna tos, era catastrófica, se pegaba muy rápido, porque tenía las defensas bajas. Se puede decir que es mortal", comenta Catherine, al recordar su experiencia.
Una mañana, Catherine conoció a una pequeña de unos siete años. Se agradaron desde el primer momento en que compartieron la habitación en el hospital. Se hicieron amigas.
"Ella tenía como dos semanas de haber entrado, antes que yo. Vos la mirabas y ella siempre tranquila, como que no tenía nada. Pero de pronto el cabello se le comenzó a caer. Pero nunca tuvo una mirada decaída, ella jugaba y todo", relata Catherine.
Una amiguita que no volvió a ver
"Me acuerdo que esa vez me pasaron para el cuarto donde había cuatro camas, y estábamos hablando y jugando. Y de repente en la tarde comenzó a sentirse mal. Le comenzó un dolor en el estómago. En la noche se la tuvieron que llevar de emergencia, y murió como a media noche", susurra.
"La acababa de conocer, y pensé: ‘me puede pasar lo mismo a mí, si le ocurrió a ella'", cuenta Catherine, mientras exhala un suspiro de angustia.
Pero ahora, esos días, recostada en la camilla, viendo pasar las horas, aguardando el chequeo de los médicos y la asistencia de las enfermeras quedaron atrás. "Estoy curada", comenta con una sonrisa en el rostro Catherine, cuya preocupación ahora es obtener las mejores calificaciones en la carrera que ahora se ha convertido su vocación, Medicina, con especialidad en Pediatría.
"¿Por qué decidiste estudiar esta carrera?", le preguntamos. "Porque con mi caso vi la necesidad de ayudar", responde sonriente.
Fuente: El Nuevo Diario.












fenicia dijo
Un abrazote amiga,muy fuerte.
Feni
22 Marzo 2009 | 12:13 PM