Hace 105 años Rubén Darío salió en defensa de nuestra América, cuando el Coloso imperialista representado por Theodore Roosevelt se adueñó del canal de Panamá y le arrebató a Colombia ese pedazo de tierra el 3 de Noviembre de 1903.

Aquí vemos a un Darío con una constante preocupación política por la soberanía de nuestros pueblos y fue el único escritor que alzó su voz contra el Imperio en una preconización solidaria ante las tentativas expansionistas de los Estados Unidos. Es cierto que a Darío no se le puede catalogar como un revolucionario de armas a tomar pero su "Oda a Roosevelt", está ligada al destino hispánico de estas luchas revolucionarias que se dieron en el futuro con Bolívar, Sandino y el Che.

Esos poemas causaron gran conmoción en los escritores de esa época, por su hidalguía y por su valentía de echarle en cara al Yanqui su vil intervención.

A medida que Rubén avanza en su poema reduciendo y ampliando sus versos en una armonía única, incluso cuando lanza su No absoluto para decirle al invasor "Crees que la vida es incendio, / que el progreso es erupción; / que en donde pones la bala / el porvenir pones. / No./En algunas estrofas Rubén reconoce la fuerza del coloso del Norte:"Los Estados Unidos son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes. / Si clamáis se oye como el rugir de un león. /

Después Darío le hace ver a Roosevelt que nuestra América ingenua, que aun reza a Jesucristo y habla en español no está de pies cruzado, esperando la arremetida "hay mil cachorros sueltos de León español"

Pero lo más grandioso de Darío esta en los 16 versos posteriores, en donde aún hoy es imposible leer sin ocultar la emoción; versos en donde se destacan las cualidades de nuestras naciones hispánicas y la de nuestros antepasados, desde México hasta la cordillera Chilena.

La Oda a Roosevelt fue traducida al inglés por Eligan Hills y se la remitieron al ex presidente Theodore Roosevelt no se sabe que habrá dicho Roosevelt ya que Hills se negó a enseñar esa carta, que fue como un "trompetazo" al Imperio.

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A Roosevelt.

¡Es con la voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoi.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
que en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si aclamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Cuatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

Rubén Darío. 1904